Algunas veces sucede que corresponde cuidar de un enfermo. Si es un hombre, se lo ve en un estado de debilidad poco frecuente en ellos (dependiendo de la dolencia), y con una especie de entrega temerosa, mira a los ojos de su cuidadora, como tratando de adivinar en qué podrá ella aprovecharse de su debilidad...
Algunas veces, toca cuidar de una mujer, y la mujer que la cuida, actúa con cierta seguridad y calma, sabiendo que la enferma sabe...
Algunas veces, el hombre enfermo confía en su cuidadora y duerme u observa su entorno con cierta indiferencia, como ignorándola.
Algunas veces, (dependiendo de su estado), la mujer enferma comparte con su cuidadora, con cierto placer, sus intimidades, aquellas de las que siente necesidad de hablar, y se entrega con gusto y hasta disfruta, de la ya compañera, que se sienta a su lado, paciente. Paciente la enferma, porque padece, paciente su acompañante porque tiene paciencia.
El hombre, se sentirá solo y desprotegido, y pensará más de una vez que no necesita de esta mujer que cuida de él, y a veces, insisto, a veces, manifestará su deseo de quedarse solo, demostrando sentirse incómodo ante la presencia de la extraña que permanece a su lado día y noche. ¿Es que ha sentido que su hombría se ve afectada ante la mirada de la mujer-cuidadora, que él siente que acecha su ser? ¡Vaya uno a saber!
Estas reflexiones son producto de haber vivido las dos experiencias: ¿quién se atreve a opinar al respecto, habiendo pasado por lo mismo? ¿Quién se siente identificado? ¿De cuál lado? ¿Cuidadora, o enfermo-enferma?
Espacio para la reflexión y participación de los que quieran leer, verse reflejados, observar en otras experiencias las similitudes o diferencias en las que la vida nos espeja.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
domingo, 19 de agosto de 2012
Cuando no hay solución
Misteriosos momentos que no dejan que la paz vuelva al alma, sino que, por el contrario, desordenan el pensamiento, obligando a retraerse y tratar de entrar allí, hondo, donde está lo guardado, aquello que alguna vez sentimos y amamos y hoy sólo nos da dolor, lo veamos como lo veamos.
¿Qué hacer cuando la vida nos da momentos que no tienen solución y que duelen incesantemente¿Qué hacer cuando lo que sentimos es inevitable porque el amado es alguien que lo seguirá siendo por el lazo que nos une a él?
Los hijos, por ejemplo, a quienes estamos unidas por un lazo indisoluble porque de nuestro vientre han salido y porque hemos aprendido a amarlos, a lo largo de nuestros días en común, de nuestra convivencia, de las experiencias pasadas, de todo lo que nos ha unido y de todo lo que nos ha separado...¿Qué hacer con toda esta carga de afecto que no encuentra recepción y que no resuelve nada de lo que está sin solucionar?; que no toma lugar adecuado donde producir efectos beneficiosos para los amados, cual si fuera una carga que perjudica en vez de hacer crecer y ayudar en este crecimiento.
¿Sucede acaso, que los excesivos cuidados sobre los que amamos, los envilece y los debilita, haciendo que se perviertan y se conviertan en harapos de un humano, que no tiene impulsos propios, sino que, más bien, siempre está esperando que alguien se ocupe de ellos y les provea de lo que, cada vez menos, necesitan para seguir vegetando por la vida, que no les ofrece ningún atractivo aparente?
¿Cómo salir de esta situación, solventando desde nuestro lugar, sin intervenir, una decisión que les haga tomar la vida con sus propias manos y llevarla adelante a su modo, que será el único modo que les ha de servir?
Quisieramos hacer que salgan de este pozo, pero no parece posible por el momento, pues la escena que se nos presenta es oscura y no da idea de que haya salida, al menos, en breve, a todo este laberinto de vidas truncadas.
¿Qué hacer cuando la vida nos da momentos que no tienen solución y que duelen incesantemente¿Qué hacer cuando lo que sentimos es inevitable porque el amado es alguien que lo seguirá siendo por el lazo que nos une a él?
Los hijos, por ejemplo, a quienes estamos unidas por un lazo indisoluble porque de nuestro vientre han salido y porque hemos aprendido a amarlos, a lo largo de nuestros días en común, de nuestra convivencia, de las experiencias pasadas, de todo lo que nos ha unido y de todo lo que nos ha separado...¿Qué hacer con toda esta carga de afecto que no encuentra recepción y que no resuelve nada de lo que está sin solucionar?; que no toma lugar adecuado donde producir efectos beneficiosos para los amados, cual si fuera una carga que perjudica en vez de hacer crecer y ayudar en este crecimiento.
¿Sucede acaso, que los excesivos cuidados sobre los que amamos, los envilece y los debilita, haciendo que se perviertan y se conviertan en harapos de un humano, que no tiene impulsos propios, sino que, más bien, siempre está esperando que alguien se ocupe de ellos y les provea de lo que, cada vez menos, necesitan para seguir vegetando por la vida, que no les ofrece ningún atractivo aparente?
¿Cómo salir de esta situación, solventando desde nuestro lugar, sin intervenir, una decisión que les haga tomar la vida con sus propias manos y llevarla adelante a su modo, que será el único modo que les ha de servir?
Quisieramos hacer que salgan de este pozo, pero no parece posible por el momento, pues la escena que se nos presenta es oscura y no da idea de que haya salida, al menos, en breve, a todo este laberinto de vidas truncadas.
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