Algunas veces sucede que corresponde cuidar de un enfermo. Si es un hombre, se lo ve en un estado de debilidad poco frecuente en ellos (dependiendo de la dolencia), y con una especie de entrega temerosa, mira a los ojos de su cuidadora, como tratando de adivinar en qué podrá ella aprovecharse de su debilidad...
Algunas veces, toca cuidar de una mujer, y la mujer que la cuida, actúa con cierta seguridad y calma, sabiendo que la enferma sabe...
Algunas veces, el hombre enfermo confía en su cuidadora y duerme u observa su entorno con cierta indiferencia, como ignorándola.
Algunas veces, (dependiendo de su estado), la mujer enferma comparte con su cuidadora, con cierto placer, sus intimidades, aquellas de las que siente necesidad de hablar, y se entrega con gusto y hasta disfruta, de la ya compañera, que se sienta a su lado, paciente. Paciente la enferma, porque padece, paciente su acompañante porque tiene paciencia.
El hombre, se sentirá solo y desprotegido, y pensará más de una vez que no necesita de esta mujer que cuida de él, y a veces, insisto, a veces, manifestará su deseo de quedarse solo, demostrando sentirse incómodo ante la presencia de la extraña que permanece a su lado día y noche. ¿Es que ha sentido que su hombría se ve afectada ante la mirada de la mujer-cuidadora, que él siente que acecha su ser? ¡Vaya uno a saber!
Estas reflexiones son producto de haber vivido las dos experiencias: ¿quién se atreve a opinar al respecto, habiendo pasado por lo mismo? ¿Quién se siente identificado? ¿De cuál lado? ¿Cuidadora, o enfermo-enferma?