miércoles, 10 de julio de 2013

Una mentira, nada más...

Una mentira, nada más...
(Historia de una relación epistolar)

Fue suficiente una mentira para terminar con todo, aunque  tanto se había dicho, y tal vez por ello mismo.
Porque una sola mentira  invalidaba todo lo anterior, porque todo había sido hecho en palabras y las palabras habían llenado el espacio, y ahora la palabra que llenaba el espacio era la mentira y ésta borraba por completo lo antes expresado, como una gran bomba atómica borra todo lo que existe en segundos aunque haya llevado siglos construirlo.
Era tan grande lo construido en base a palabras creídas verdades, que una sola mentira bastó para echar abajo toda la enorme estructura y lo elaborado que se había apoyado sobre ella.
Todo había comenzado con un texto leído con mucha atención, y el efecto que éste había hecho en quien lo leía.
En respuesta a lo visto y comprendido, hubo otro escrito y otro y otro, y así se sucedieron innumerables escritos que fueron y vinieron en infinita e incontable cantidad de palabras y frases y párrafos llenos de sentido y significado, mientras fueron verdades claras y confiables.
La relación entre ambos autores se fue fortaleciendo, siempre por medio de sus escritos, hasta hacerse  tan estrecha y fluida, como ninguna otra que hubieran conseguido en sus vidas.
Era sencillamente una relación ideal, perfecta;  sin roces, ni contradicciones,  hermosa, brillante, inteligente, casi una catedral del lenguaje y de la expresión, tan cuidada y exquisita era.
Cada nuevo escrito y comunicación era un texto tan bello y perfectamente hecho, que podía pasar por una joya literaria única, una rara pieza a coleccionar. Tal vez eso fuera lo que aquellos escritores estuvieron haciendo: coleccionando joyas literarias…
Tal vez no eran conscientes de lo que estuvieron haciendo…
Un desafortunado día, (o tal vez era un suceso inevitable en tanta palabra dicha-escrita), uno de ellos mintió, sobre un tema importante, en una de sus afirmaciones, con tan mala suerte, que al volver a mencionar el mismo tema en otra oportunidad, olvidó por completo lo que había afirmado antes,  y dijo algo que era totalmente opuesto a lo antes dicho.
No hubo manera de componer lo descompuesto y la situación se volvió harto incómoda al principio, luego áspera, luego fue un debate desatado, más tarde se transformó en una larga retahíla de acusaciones y reclamos que terminó en una ruptura amarga, con destilada amargura en largas frases de gran estilo, de mucha elaboración sintáctica, de gramática perfecta, pero absolutamente insultantes, descalificadoras y cargadas de terrible e implacable odio.
¿Cómo, os preguntaréis, se puede llegar a estos extremos?  
Pues es muy sencillo, cuanto más se diga en el tono más elevado y solemne, más grande, estrepitosa e indigna será la destrucción que una mentira le proporcionará a dicha construcción dialéctica.
La confianza que se deposita en alguien que penetra profundamente con su discurrir, con un lenguaje que roza el alma, con palabras que tocan el corazón y moldean el cerebro, es tan delicada, que se quiebra  irremisiblemente ante el primer toque irregular que se perciba, y que se habrá de percibir con suma sensibilidad dada la calidad de la comunicación a la que se ha accedido. Por todo esto, una vez roto el hilo delicado de tal relación todo se convertirá en una batalla, y el mismo estilo que antes había servido al trato de excelencia habrá de servir para la herida profunda con la intención del daño hondo.
Pues el daño inferido en este tipo de relación, es hondo, y desde allí, desde ese dolor será la lucha.
Dura e irreconciliable. Y escrita quedará.

Lo cual hace de una probable reconciliación, un imposible, dado lo testimonial  e irrevocable de la escritura…

No hay comentarios:

Publicar un comentario