(Historia de una relación epistolar)
Fue
suficiente una mentira para terminar con todo, aunque tanto se había dicho, y tal vez por ello mismo.
Porque
una sola mentira invalidaba todo lo
anterior, porque todo había sido hecho en palabras y las palabras habían
llenado el espacio, y ahora la palabra que llenaba el espacio era la mentira y ésta
borraba por completo lo antes expresado, como una gran bomba atómica borra todo
lo que existe en segundos aunque haya llevado siglos construirlo.
Era
tan grande lo construido en base a palabras creídas verdades, que una sola
mentira bastó para echar abajo toda la enorme estructura y lo elaborado que se había
apoyado sobre ella.
Todo
había comenzado con un texto leído con mucha atención, y el efecto que éste
había hecho en quien lo leía.
En
respuesta a lo visto y comprendido, hubo otro escrito y otro y otro, y así se
sucedieron innumerables escritos que fueron y vinieron en infinita e incontable
cantidad de palabras y frases y párrafos llenos de sentido y significado,
mientras fueron verdades claras y confiables.
La
relación entre ambos autores se fue fortaleciendo, siempre por medio de sus
escritos, hasta hacerse tan estrecha y
fluida, como ninguna otra que hubieran conseguido en sus vidas.
Era
sencillamente una relación ideal, perfecta;
sin roces, ni contradicciones, hermosa,
brillante, inteligente, casi una catedral del lenguaje y de la expresión, tan
cuidada y exquisita era.
Cada
nuevo escrito y comunicación era un texto tan bello y perfectamente hecho, que
podía pasar por una joya literaria única, una rara pieza a coleccionar. Tal vez
eso fuera lo que aquellos escritores estuvieron haciendo: coleccionando joyas
literarias…
Tal
vez no eran conscientes de lo que estuvieron haciendo…
Un
desafortunado día, (o tal vez era un suceso inevitable en tanta palabra
dicha-escrita), uno de ellos mintió, sobre un tema importante, en una de sus
afirmaciones, con tan mala suerte, que al volver a mencionar el mismo tema en
otra oportunidad, olvidó por completo lo que había afirmado antes, y dijo algo que era totalmente opuesto a lo
antes dicho.
No
hubo manera de componer lo descompuesto y la situación se volvió harto incómoda
al principio, luego áspera, luego fue un debate desatado, más tarde se transformó
en una larga retahíla de acusaciones y reclamos que terminó en una ruptura
amarga, con destilada amargura en largas frases de gran estilo, de mucha
elaboración sintáctica, de gramática perfecta, pero absolutamente insultantes,
descalificadoras y cargadas de terrible e implacable odio.
¿Cómo,
os preguntaréis, se puede llegar a estos extremos?
Pues
es muy sencillo, cuanto más se diga en el tono más elevado y solemne, más
grande, estrepitosa e indigna será la destrucción que una mentira le
proporcionará a dicha construcción dialéctica.
La
confianza que se deposita en alguien que penetra profundamente con su
discurrir, con un lenguaje que roza el alma, con palabras que tocan el corazón
y moldean el cerebro, es tan delicada, que se quiebra irremisiblemente ante el primer toque
irregular que se perciba, y que se habrá de percibir con suma sensibilidad dada
la calidad de la comunicación a la que se ha accedido. Por todo esto, una vez
roto el hilo delicado de tal relación todo se convertirá en una batalla, y el
mismo estilo que antes había servido al trato de excelencia habrá de servir
para la herida profunda con la intención del daño hondo.
Pues
el daño inferido en este tipo de relación, es hondo, y desde allí, desde ese
dolor será la lucha.
Dura
e irreconciliable. Y escrita quedará.
Lo
cual hace de una probable reconciliación, un imposible, dado lo testimonial e irrevocable de
la escritura…
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