Reflexiones al regreso de un largo viaje, lejos de casa
Reinicio de la vida luego de un viaje largo que hizo creer
que ya no volvería de nuevo a mi vida anterior, esta, la de todos los días
parecidos, ya que nunca son iguales.
(La prueba está en esto que estoy escribiendo, que nunca se
parece a lo que escribí otro día, ni el
ánimo, ni mi estado, ni mi migraña…)
El caso es que me hice ilusión de que no volvería a mi
país, ni a mi antigua casa, ni volvería a ver a mis conocidos nunca más y todo
eso me causaba una emoción (o muchas), muy placentera, como nacer de nuevo,
como tener otra vida adicional para estrenar, como ser otra persona.
Hete aquí que no fue como lo planeé.
Todo fue muy distinto de lo que imaginé, como nos suele
suceder en esta vida terrenal, tan llena de tropiezos y adversidades, sobre
todo cuando hacemos planes en los que ponemos ciertas expectativas que tienen
que ver con el futuro y cambio total de la trayectoria que ésta viene llevando
por años, trayectoria que, por otra parte, nos hemos encargado de trazar con un
marcador bien grueso y potente como para
que sea imborrable…
En verdad, os digo que “volver a empezar” mis días
anteriores, con lo que conlleva volver a tratar de actuar en las situaciones
conocidas, con las personas que rodean nuestra vida desde hace tantos años, es
algo bastante difícil y agotador,
¿Cómo lograr sonreír y estar alegres cuando uno estaba
dispuesto y preparado para ser otro y no
éste?
Dilema a resolver.
Mientras tanto, caminar la vida pensando cómo actuar no se
reduce sólo a eso, uno debe ocuparse de hacer tantas cosas como hacía antes y
forzosamente se va viendo enzarzado en las mismas situaciones y volviendo a ser
alguien que cada vez se vuelve más parecido al que era antes de viajar. Estas
actitudes gritan dentro del cerebro, reclaman
el cambio ¿olvidado?, piden la rebeldía auto prometida y no cumplida. ¿Cómo
conciliar la vuelta a lo anterior con el
inevitable cambio que sí se ha producido en el interior de mi persona, en el
transcurso de este largo viaje, en medio
de lo que duraron los preparativos, en el tiempo en que estuve sola en los aeropuertos,
en las montañas, en otras calles, sin hablar con nadie, escuchando otros
idiomas?
¿Cómo conciliar esos tiempos de distancia y de diferencias
que se establecen en el interior de la persona e insertar esa misma persona en
el molde anterior, cuando esa persona ya no tiene la misma forma y no entra en
el molde?
Y para más, no hay manera de que los que estaban, y siguen
estando en el lugar que dejó y al que ahora regresa, entiendan esta situación, ya que se trata de un proceso
interno… Inexplicable. Totalmente propio. Profundo. Íntimo.
Es una situación totalmente irreconciliable. Pero a
reconciliar.
Difícil, pero que
aguarda la solución que ha de venir de las capacidades con las que los humanos
hemos sido dotados para el arte de la convivencia. El arduo arte de la
convivencia.
Ah! La convivencia, tema que dará substancia para escribir
largamente en otra ocasión. Tal vez, en nuestro próximo encuentro.
Habéis oído una vez más, con gran paciencia, otro retazo de
mis confidencias, que son las confidencias de cualquiera que esté pasando por
una situación parecida. Estoy convencida de que esta experiencia así, tal y
como la he narrado, nos es común a todos los que viajamos por un tiempo
prolongado, lejos de casa.
Al menos, creo que nos sucede a los que tenemos la imaginación exacerbada… Y exageramos las
posibilidades que la vida nos da…
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