Otra intimidad, introspección de un mediodía
Convivencia y otras disquisiciones…
Cuando compartimos la mesa con nuestros prójimos, los de
siempre, se nos ocurren los más variados pensamientos acerca de ellos, hasta
nos parecen los seres más extraños y desconocidos que hayamos observado
últimamente, (si es que hemos estado en estos procederes)…
¿No os ha ocurrido que si os detenéis insistentemente en el
rostro y las actitudes de alguien, cualquiera, familiar, o conocido de mucho
tiempo, o amigo, ya no os parece tan próximo, ni tan conocido, ni tan amigo,
sino más bien un ser totalmente ajeno y sospechoso de alguna extraña imaginación
que se nos atraviese por la mente en el preciso
instante en que le estemos observando?
Y esta situación se verá agravada por la evidente
incomodidad que veremos se apodera del observado en cuestión, ya que hemos olvidado el disimulo durante estos quehaceres...
Aquí se impone una digresión: ¿quién no tiene cadáveres en
el placard, y quién no tiene ya tantos espectros que no tiene más que espectros
y no puede abrir las puertas para meter otra cosa allí y que no le salten a la
cara esos fantasmas?… Yo soy una de esas. De las que no pueden abrir, digo. Ellos me asaltan cada vez que abro las puertas, así es que las dejo bajo
doble vuelta de llave. (Debo confesar que las llaves no valen en estos casos)
Hecha la aclaración, válida y pertinente, que creo a todos
nos cabe, continúo con mi desvarío de hoy.
¿Qué hacer?
Una opción es comportarse civilizadamente, como es
conveniente, dejar de observar y atarse a la conversación con un aire de
indiferencia gentil que tranquilice a todos y a uno mismo.
Pero, y hete aquí el problema, si uno insiste en su postura
de investigador que toma conciencia de algo nunca antes visto, el asunto
empieza a tomar giros inesperados y peligrosos.
Por ejemplo, el observado, se levanta de su lugar,
carraspea, mira insistentemente a alguno de los otros comensales menos
“observadores”, buscando auxilio, compasión, complicidad, refugio, alguna señal
de comprensión, protección, asilo, algo que le haga sentirse acompañado en su
difícil postura de acosado sin aparente motivo. Estas conductas le muestran aún
más sospechoso, y la aguda e impertinente observación arrecia, volviéndosele
insoportable, tanto para el observador como para el observado.
Entonces, es entonces, cuando aparecen visibles las razones
por las que nos llamaron la atención ciertas actitudes del individuo en cuestión.
Y el tal individuo da indicios certeros de su
comportamiento indebido, cualquiera sea su índole.
Ya vosotros le pondréis nombre y clasificación a lo que
vayáis encontrando en vuestras respectivas observaciones…
O, puede sucederos que, ante vuestro inusual
comportamiento, dejen de invitaros y os quedéis solos y sin material de experimentos lo cual es una injusticia, pero en este mundo llueven las
injusticias y los seres agudos como vosotros y yo, deberemos acostumbrarnos a
ellas, si queremos ejercer nuestras condiciones excepcionales…
Y aquí se impone otra reflexión: ¿qué nombre lleva la
oposición a la hipocresía? ¿Descortesía? ¿Malos modos? ¿Insolencia?
¿Inadaptación? ¿Demencia? Buscad uno, porque os veréis obligados a llevarlo en
vuestras frentes cuando os atreváis a observar lo que nadie quiere ver y
nombrar con su nombre real.
Continúo, pues por donde me detuve.
Por lo tanto, habremos de buscar otros espacios donde
ejercitar nuestras cualidades, teniendo suma precaución de no despertar la
inquietud a nuestro alrededor, ya que en este caso, podría volvérsenos en
contra, y llegar hasta la detención ejercida por las fuerzas del orden,
teniendo que dar arduas e inútiles explicaciones al oficial de turno del
destacamento más cercano de policía al cual fuéramos trasladados por fisgones.
Explicaciones en las cuales no podríamos incluir absolutamente ni un detalle de
nuestras sombrías sospechas, por no poder aportar la más creíble o valedera
prueba.
¡Uf! Qué incómodo todo este momento. De solo imaginarlo,
transpiro, empalidezco, me agito…
Hoy, como veis, he tenido esta fantasía de destapar
verdades y descubrir juegos ocultos, luego de un almuerzo familiar muy afectuoso y
ameno, inocente y bien llevado, con amabilidades y cortesías en abundancia…
pero, hubo cosillas que desentonaban y no pude dejar de verlas.
¿Por qué tiene uno que “ver”?
Tal vez porque hay cosillas que desentonan y que se ven. Y
son reales. Y no quieren verse porque incomodan. Y porque demandan compromiso.
Y porque habría que decidirse a cambiarlas. Seriamente.
¿Acaso no es mucho más tranquilo y cómodo pasar por la vida
sin darse por aludido de nada fuera de lo corriente y superficial, que ya está
establecido como “correcto” y socialmente aceptable? Aunque no lo sea.
No. Uno no puede. Y todo se complica. Y no se puede volver al
mismo lugar donde uno “vio”. Porque sería uno cómplice. Pues o habla y
“blanquea”, o se va y no participa de la mugre que vio.
No hay grises en algunas situaciones. No, al menos para mí.
Ayudadme a pensar. Para eso comparto con vosotros, quien
quiera que seáis, estos pensamientos que me atormentan.
Pero no os preocupéis, ya no durarán mucho en mi cabeza,
pues seguramente, mañana o esta tarde, a más tardar, encontraré otro tema que
despierte mi curiosidad incansable y me ocupe y preocupe y a eso me dedicaré, y
por lo tanto, este que ahora comparto con vosotros, pasará a las sombras, ya
que está condenado a no ser resuelto. No por mí al menos…
Hace unos días, y para
sentirme honrosamente acompañada en mis disquisiciones, leyendo a Marguerite
Yourcenar, encontraba en sus palabras, tan bien expresadas estas ideas de la
gran hipocresía que en el lenguaje y los gestos amables, protege y conserva
situaciones que de verse descubiertas y puestas a la luz en cruda verdad, no
podrían dejarse en su statu quo ni por un mínimo instante más.
Las obras de esta insigne autora a las que hago referencia,
son: Memorias de Adriano y Alexis o el
tratado del inútil combate. En esta última, en el prólogo hay una larga
reflexión acerca de lo que se dice y de lo que se calla. Y en la que menciono
antes, se presenta la terrible lucha de los odios callados y de los secretos a
voces, todo esto entrelazado en hechos mucho más trascendentes de la vida del
protagonista, que es lo que le da tema a la obra.
De leer entre líneas se trata, siempre es así. El mensaje
no es claro, está oculto y para ser descifrado por quienes puedan hacerlo.
Y por si todo lo dicho fuera poco, dijo Rabindanah Tagore:”Es
fácil hablar claro cuando no va a decirse toda la verdad”.
Entonces, ¿puede decirse que se habla claro?
¿Para qué? Es la gran pregunta que me hago todo el tiempo,
mientras trato de NO descifrar tanto mensaje a la vista…
Hasta el próximo divague, amigos del espacio, y antes de
despedirme os desafío a que os preguntéis si no os ha pasado ya esto que os he
contado, o si no os pasa, tal vez con cierta frecuencia.
Ahora, después de haber leído estas líneas, ¿ya no os
sentiréis tan solos ni raros, no?
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