miércoles, 26 de junio de 2013

¿La bella durmiente? ¿Una larva?

La bella durmiente, y su despertar

Estaba dormida, no  lo dudo ya más, estuve dormida. 
En algunos momentos, pensaba que había estado muerta, pero ahora veo que sólo estuve dormida, esperando (aunque no tan bella) como aquella niña del bosque dormida por  un mal deseo, por un sortilegio maligno en el que había sido sumergida para quitarla del medio.
No sé cuáles hayan sido las causas por las cuales este estado me aquejaba, pero sí puedo asegurar que estaba en ese estado larvático, podría decirse, caprichosamente, por ponerle un nombre que describa un estado de no estar pero no estar totalmente vivo, sino sólo en ciernes, sin terminar de hacerse, sin completar su ser… No comparable a nada más que a la larva de un insecto, metido en su envase frágil, aislado, casi sin vida, pero esperando una vida que luego será y será bien definida, como debe ser, en todas las funciones para las que estaba destinado. Y en la naturaleza este ciclo se cumple paso a paso, a menos que otro proceso natural lo interrumpa. 
O, y aquí vamos, la mano del humano.

Me pregunto y os pregunto, pacientes oidores de mis disquisiciones, ¿cuántas  veces habrá  sido interrumpido mi proceso desde que comenzó a gestarse mi hueva, mi pupa, mi larva, mi célula?…
No es que piense que no he tenido nada que ver en estas interrupciones, que seguramente habré  interrumpido mi sueño de larva para espiar y participar de las interrupciones y colaborar con los desaguisados, ¡ah, sí!, ya lo creo. Colaboré mucho en ello. No voy a quitar ni un ápice de mi responsabilidad en los hechos.  Nada fue arrebatado por la fuerza, hubo consenso, erróneo, pero consenso al fin.
Hasta que podía ver  que me había salido precozmente de la envoltura, antes de tiempo, en la primavera equivocada, con el clima erróneo, con un depredador de pico voraz frente a mí, esperando para tragarme de un solo picotazo. Pero, nunca me tragaba del todo, como veréis...

Para cuando lo notaba, estaba medio descalabrada, pero alcanzaba lo que de mí restaba, para volver al capullo y dormir el sueño de la larva,  y ahora, decía, ¡ahora es para siempre!…

Con ese propósito in mente, que yo creía firme e inamovible, me encerraba en mi autoprotección inventada, y esperaba quedar a salvo de todo peligro externo que implicara algún riesgo para mi existencia latente, que era lo más seguro que entonces me quedaba. NO SUFRIR.

Se supone que cuando se es larva no se está vivo del todo, si no se está vivo del todo, no se sufre, si no se sufre es porque uno es una larva, de modo que el círculo cerraba y yo estaba cómoda.

Pero…

Querréis saber qué sucedió en medio de este estado de sopor inconsciente, anestesiado, dormido… casi muerto.
Pues que no estaba nada muerto. Nada.

Y hete aquí que ha llegado un alguien, que fue desprendiendo suavemente las muchas capas en las que cuidadosamente me había envuelto, con tanta suavidad y cuidado, que no lo creeréis, no me he dado cuenta, cuando ya estaba de nuevo despierta, y esta vez con los sentidos agudizados, convertida en un ser completo, tan completo que la metamorfosis me había llevado a ser parte de otra especie, pues tampoco era ya un  insecto, como antes había llegado a sentir que era.

(A diferencia de aquel triste protagonista del cuento de Kafka. Y también se me ocurre, acerca de ese hombre, que tal vez fuera mejor para él ser un insecto enorme, que un resto de hombre perdido tras la esclavitud de un mísero empleo...) 
Disculpad, es que, de pronto he recordado este cuento. Es que todo se relaciona con todo, pues todo nos atañe.

Como decía, pues como veréis, me distraigo con facilidad, y ahora sigo con lo que me traía entre letras...
  
El caso es que me vi transformada en algo vigoroso, fuerte, exigente, que se bebe la vida a tragos sin parar a respirar. En una sinfonía a pleno, que resuena en cientos de armonías y acordes, crescendos, coros, trompetas, timbales y violines, sin olvidar los chelos que con gravedad acompañan los momentos más conmovedores de esta nueva vida que estoy experimentando de la mano del avezado “descascarador” de larvas que me descubrió y ahí nomás empezó su tarea. Con este resultado.

¿Qué opináis vosotros de esta última salida del capullo?
Parece que esta vez, la metamorfosis ha sido todo un éxito.
O que la durmiente ha sido despertada por el despertador adecuado, o que abrió los ojos en el momento correcto. ¡Vaya uno a saber! 
No sé si soy exactamente la bella durmiente, pero sí que soy la ex-durmiente-larva... ¡Y estoy tan despierta!

  
¿Para qué preguntar?
Mejor me dedico a disfrutar y ¡ya!


Espero que a vosotros les llegue vuestro descascarador en breve, ese  que os quite lo que cubre vuestro brillo, y así podréis  también ocupar vuestro sitio, entre las estrellas, en el espacio que os espera, que es vuestro y que os merecéis...

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