miércoles, 12 de junio de 2013

La duda

La duda
Os voy a contar una historia que puede pareceros trivial y hasta conocida, con esto de la Internet…

Una mujer se encontraba acuciada por la duda y la tentación. La duda le producía miles de temores,  la tentación millones de excitantes sensaciones, de prometedoras emociones a ser vividas de concretarse el proyecto en ciernes, los mismos que le generaban  la angustiosa duda… ¡Ay!
El caso comenzó cuando ella recibió por vez primera una carta de amor, que la sorprendió y le causó una enorme incredulidad, (y otras cosillas) por lo vehemente, dado que el emisario era un desconocido y que ella también lo era para él.
Al menos eso creía. Esto también le generaba duda… e inquietud.
Ante la apasionada declaración del hombre, ella se llenó de confusión,  y de un cosquilleo involuntario y persistente que le acompañaba a toda hora, y que se había instalado en todas partes de su humanidad, y  no dejaba ya de pensar en él. En el que ella pensaba el autor de las cartas.
No sabía qué hacer. Por una parte, la seducían las palabras del eximio escritor, (sin duda alguna era un seductor),  y por otra parte le atemorizaba no saber de quién se trataba, y solía pensar, cada vez con mayor frecuencia, que quizá no se tratara de un solo hombre, sino de dos.
Este pensamiento era su verdadero tormento. Y su preocupación, que por significarle un potencial peligro, no le permitía disfrutar las  renovadas “comezones” que las frecuentes misivas, cada vez más atrevidas e interesantes, le causaban.
Pero, volvamos a las preocupaciones.
¿De dónde sacaría la idea del doblete masculino?, os preguntaréis.
Pues , esta mujer había leído, entre otras muchas otras novelas de amor, la historia de Cyrano, aquél narigudo poeta, amador hasta los tuétanos, que vaya si sabía tratar a una mujer, pero que no se animó nunca a mostrar lo que él suponía era la barrera insuperable para ser amado: su fealdad. “¡Vaya tonto!” Esto pensaba la muchacha, cuando leía la obra, pero ahora no lo veía de esta manera.
El rollo que ahora tenía era otro, y era suyo, ya que se le había plantado la idea de que el que le escribía era un deforme, o un enano, o un negro baboso, con una mente de maravillas, y que luego, cuando llegara el momento de las presentaciones, tendría que vérselas con un tremendo bobo carilindo.
¡Ese pues era su terrible temor, y su horrenda duda! Dos hombres, y para peor, que el autor de las cartas fuera horrendo, porque las cartas eran tan, pero tan bellas, que no podía existir un hombre bello que escribiera cartas tan bellas, y “¿¡todo junto!? ¡sería demasiado!”
El dilema era entonces,  ¿qué hacer con el contrahecho?, pues estaba segura de que no querría perdérselo  por nada del mundo.
Entonces, os preguntaréis, ya impacientes, imagino, ¿qué  ha hecho esta mujer? Pues ya veréis. Se ha decidido. Porque ella, ¡ella se había enamorado!
Y se ha lanzado a responder al galanteo con el mismo fervor que le venía manifestando el tal cortejante apasionado, con tan buen tino
Y tanta pasión acumulada detrás de tanta duda, que éste le ha pedido el encuentro tan temido.
¡Qué sustazo!
“¿Y ahora? Pues a vérselas con el jorobado, el contrahecho, el enano, el “sillarueda”, lo que sea, ¡pero que sea el que me escribe de ese modo que me cosquillea por todos lados, pues!”
Eso dijo, eso pensó, eso hizo. Y quedaron una tarde, después de no pocos intentos cobardes de esquivar el temido enfrentamiento de una verdad deseada, desconocida, pero tan acuciante que ya había roto todos los diques de la poca prudencia que a la mujer le quedaba. 
¡Cuando le ha visto!  Se ha quedado tiesa. 
Primera sorpresa importantísima: "¡no eran dos!", fue lo primero que pensó. Luego, absolutamente atontada, se quedó medio muda, medio temblorosa, medio toda lo que era, y se dedicó a disfrutar el resultado de su atrevimiento... 
(Porque, deberéis reconocer que había sido muy valiente)
En menos de lo que canta un gallo, se estaban arrullando, de tal modo, que ha temblado hasta la última estrella de los confines de los mundos desconocidos, (eso nos han contado) y estos dos tórtolos enamorados, siguen escribiendo y sacándole tal fuego a las frases, que en cualquier momento, os lo aseguro, se arma un incendio de tal magnitud, que ni los glaciares del mundo alcanzarán para apagarlo.
De la duda, nada ha quedado, De las cosquillas, todo.

¡Y sensaciones!... pues, ¡a estrenar todos los días!

Y... seguro os habréis preguntado, curiosos, acerca del aspecto del misterioso escritor-amante-espistolar. Pues, ¡claro!
Casi olvido contarles.
Ese hombre, que tantas dudas y fantasías había ocasionado a esta imaginativa mujer, terminó siendo un hermoso ejemplar masculino, con todo lo que se puede esperar de un ejemplar  de este género... Además, irradiaba una extraordinaria luz que acabó de deslumbrar a la ya totalmente seducida y rendida dama.
Ahora, la duda les queda a los  que esta historia han leído:
¿Puede acaso algo así existir? Y si existe, ¿podría alguien darse cuenta como ella, de que hay que arriesgarse a probar?

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