domingo, 23 de junio de 2013

¿Una historia más?

 Recuerdo el relato de mi madre, cuando te vio, al abrir la puerta:

Diecisiete años, pequeñita, delgadísima, sin abrigo, despeinada, carita desahuciada, ojos llorosos, celestes, enormes, asombrados, no entendías qué estaba sucediento, qué había sucedido.

Todo había empezado cuando le dijiste a tu padre que amabas a Luis y  que iban a casarse.
Ahí se desató la furia. Furia como pocas, Nunca antes vista. Desenfreno. Intransigencia. Insultos. Incomprensión. Intolerancia. Imposible dialogar. Imposible cualquier intento de entendimiento entre ustedes, padre e hija.
Hasta ese momento,  pues de allí en más no fuiste más su hija.
Te despidió de su casa, sin ambages, sin darte tiempo a nada.
Te insultó y  te gritó las cosas más horribles.

Corriste, corriste, corriste. Kilómetros, sin ver nada más que tu interior que tenía como único contenido un nombre: Luis.

 Y corriste, sólo para poner distancia. Distancia entre tú y lo que habías decidido para tu vida.  Distancia entre lo que se atrevía a intentar poner distancia entre Luis y tú.
Corriste sin parar. No podías detenerte. Corrías para salvar tu amor, tu vida, y las dos cosas eran lo mismo. Y así, llegaste a casa de mis padres.

Y lo lograste.
Conseguiste lo que buscaste: salvaste tu vida salvando tu amor.

¿De dónde obtiene uno el aliento cuando ocurren estas cosas, me pregunto?
Pero, continúo.

Cuando llegaste a la casa de mi familia, golpeaste con la desesperación que te acompañaba, pero con la fuerza del amor que te dio la fuerza para la hazaña.
Te ayudaron, te cobijaron, pero el esfuerzo, el coraje, el reclamo, la lucha, todo fue tu tarea, tu obra.
Esa hazaña que hoy cumple 70 años.

Porque lo tuyo fue una hazaña. Una hazaña de amor. Que hoy continúa y sigue tan viva en ti y en Luis, como el primer día, pero más perfecta, expandida, extendida en cientos de días llenos de afecto, demostrado mutuamente, pleno, a conciencia, con placer. A sabiendas de que lo que tanto había costado tenía para los dos, ese valor incalculable que ambos supieron y pudieron disfrutar y apreciar, afortunadamente.

Hoy, Sara, tiene 87 años, y su esposo, quien la acompaña, como siempre, lleva vividos 95. Hace siete décadas que están juntos y se aman. Ambos están lúcidos.

Hoy, quise que vosotros supieráis también de estos seres excepcionales que merecen ser noticia.

Hace unos días, si queréis que os lo cuente, he presenciado una bellísima y sentida declaración del esposo, quien, conmovido, y tomando de las manos a su mujer, le dijo:

"Sara, eres lo más hermoso que he tenido en mi vida. Mil veces naciera, mil veces te elegiría. Gracias"
Ella, bajó sus ojos, y dijo, "¿Ahora? ¡Ahora ya soy fea!..."
Ambos se abrazaron.


Tú, Sara, eres uno  de mis ejemplos.
Cada vez que no sé qué hacer, recuerdo lo que hiciste, y trato de perseguir mi sueño, como tú lo hiciste, con firmeza, con fuerza, con decisión. Con amor.

¿No os ha parecido que esta historia, por real de cabo a rabo, es de una fuerza que cala el alma?

Vosotros podéis creerla o podéis dudar. Estáis en vuestro derecho.
¿Yo? Yo tengo la dicha de haber conocido la historia y a sus protagonistas, y de verlos aún. Juntos.

Para Sara y Luis.

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