Suele ser muy frecuente pensar por pensar, en algunos que piensan que pensar es jugar, y en ese accionar divagan, y en el divagar suele suceder que se encuentran verdades no vistas, perdidas en el tiempo de racionales y metódicos momentos de sesuda reflexión.
Cuántas veces, divagando hemos hallado la causa buscada de un intrincado dilema que entorpecía los pasos de nuestra existencia.
Así como así, entre la maleza de los desordenados tropeles de pensamientos, amontonados, buscando espacio entre ellos, a ver quién avanza primero, aparece, allí está, esa era la solución nunca antes vislumbrada. Y en un quítame de allí esas pajas, manos a la obra, el tema se aclara, todo se aclara, y la vida sigue como si nada hubiera ocurrido.
Y nadie recuerda agradecer al divague, ni siquiera recuerda el divague, que para eso es divague, para esfurmarse en el tiempo...
Cuando deje de ser un divague, dejará de tener la frescura de traer soluciones tan mágicas, pues el secreto está en que esas soluciones mágicas, están escondidas en esos divagues, y de allí nadie puede sacarlas, sólo el que es capaz de detenerse a divagar...y para eso, hay que tener deseos, ocio, tiempo, sueños, imaginación; mirar al cielo, el vuelo de los pájaros, un cuadro; leer poesías, besar unos labios largamente, sin apuro de salida. Ver jugar los niños, y reír con ellos de sus juegos, reír con los ancianos de sus locuras, y ser también un poco locos, aunque sea una vez a la semana.
Divagar, dejar que la mente se adueñe de sus pensamientes y sea libre, que los ponga donde quiera y los desordene y los saque de donde los ordenamos rutinariamente.
Que refresque sus rincones y haga lugar para los nuevos, y les dé jubilación a los que ya están viejos.
¿Qué tal si divagáis para variar?
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