Sabía que estaba vieja; recordaba momentos felices de su vida, y otros, no tan felices. Como le ocurre a cualquier ser humano, a lo largo de su vida, más o menos. Pero a ella le sucedía algo que era muy distinto a lo de cualquier ser común: ella era su propia estrella y podía valerse de su capacidad interpretativa, para ser la exitosa protagonista de sus recuerdos, arreglándoselas para que sus clímax y desenlaces fueran de su agrado, como una magistral autora y directora de sus propias y espectaculares obras, en las que a la vez, era la suprema protagonista, irremplazable, inimitable, sublime.
¡Qué placentera emoción sentía cuando pensaba así de sí misma y de su modo de vivir sus experiencias! Nada le quitaba esa satisfacción.
En su aspecto, esa tarde, se notaba un brillo inusual. Era ella toda, una mujer candente; su apariencia opacaba su entorno, y su rostro aparecía transfigurado. No podía verse su vejez, sólo su brillo. Era un estado milagroso de enajenación de lo humano, de lo senil, de lo natural de los años en lo físico. Era algo intangible e inexplicable. Era ELLA.
Cuando hay algo muy profundo que nace desde el alma, el rostro resplandece, extrañamente, con una belleza sobrenatural, que desde el alma trasciende lo físico, y por este medio, aparece al exterior, en incomparable hermosura.
Aunque el origen de su placer no fuera lo que se consideraría un “buen pensamiento”, para Marlene lo era. Era la convicción de su poder inagotable, lo cual la llenaba de placer y satisfacción. Otra vez, la llenó aquella sensación incierta de que aquella tarde era algo muy único y especial... Suspiró hondamente, un cansancio eterno la agobiaba, pero... ¡había sido siempre tan valiente!
¿Si pude tantas veces vencer el miedo, por qué no podría ahora,
sin nadie que me juzgue?, pensó. Pero enseguida supo, que ella era su juez más exigente, y que no perdonaría, o tal vez...
Sintió
que su alma, que hasta esa tarde había estado helada, quieta y muda, cobraba
nueva vida, justo cuando ella, estaba perdiendo la suya.
Su
alma, ¡ah, su alma! Siempre le había parecido que había un lugar helado en su
interior, pero nunca había pensado que era su alma.
Era la hora de las sensaciones, que llegaban en tropel y la
avasallaban.
Pensó
que este día era un día muy especial, que tenía una carga de extrañeza y que
era un día del cual no podría desprenderse jamás y que significaría el cambio
total en su existencia. O mejor, un cambio final...
Marlene no podía saber, ¿o sí sabía?, que su
muerte estaba llegando, de aquel modo en que ella había sido siempre. Una muerte
elegante, silenciosa,
Una muerte elegante, silenciosa, lejana,
solitaria, discreta, digna, misteriosa, que esperaba, como su vestidora final.
Ella, Marlene, estaba también, esperando, en medio de su jardín, lo que viniera.
No
sabía a ciencia cierta, pero lo presentía, y preparó el recuento de toda su vida, como en una
representación ensayada, para entregarse a la muerte como lo que ella era: una
estrella que caía surcando el espacio.
Sus últimos momentos, fueron tan gloriosos como
había sido su carrera. Plenamente vividos, con certezas y verdades, y valientes
confesiones. Por supuesto, todo esto había transcurrido en soledad, sin variar
en nada el curso de su existencia y su modo de vivir.
Ella había querido estar sola, hacer su
voluntad y crearse a sí misma como más le había gustado.
La escena y el final.
Era un día extraño. La naturaleza acompañaba a la gran Marlene, “Angel Azul”, que hoy partiría a ser definitivamente un ángel, y ya no se sabría de qué color
Marlene
se sintió muy débil; estaba reclinada
contra el respaldo de su silla, esa silla que había sido su compañera de todas
las tardes en su jardín. Esa silla que ella había arrastrado los últimos
tiempos, cada día, para sentarse a mirar las flores y los árboles que la
acompañaron todo este tiempo de su vida, y cada día le había costado más,
llevarla hasta el jardín y a fuerza de voluntad y empecinamiento, siempre había
llegado al mismo lugar, y se había quedado allí por largas horas, hasta
emprender de nuevo, el camino de regreso a su casa, con la silla a rastras,
tras de sí. Esa imagen de sí misma le hizo sonreír, con orgullo, por lo que
consideró, al pensarlo, una hazaña más…
Entonces,
se dio cuenta, de que había amado; de que había sido capaz de tener un gran
amor: el gran amor de su vida, había sido ella misma, su carrera, su éxito.
Había trabajado siempre con pasión para lograrlo, y cada cosa que había hecho,
había sido hecha con amor.
Esta certeza la llenó de serenidad, y una
bella luz iluminó su rostro y descansó… y descansó su alma, que antes de irse, le ofrecía la reconciliación con la vida, esa vida que ahora estaba haciendo su último mutis y lo hacía en paz.
Queridos míos, he querido compartir con vosotros este homenaje a la inefable Marlene, con sumo respeto y admiración, (quien me ha susurrado al oído su última tarde, creo)
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